jueves, 17 de diciembre de 2020

La Corte de AlAlion


 


En el principio estaba Aquél que trasciende todas las leyes, el Padre eterno y Señor de los Mundos. Él era el Creador antes de que hubiera creación alguna. Era el Soberano antes de que hubieran súbditos. Era el Omnisciente antes de que hubiera nada para ser conocido.

Por supuesto, todas estas descripciones del pasado son puramente alegóricas, puesto que no existen en él el Pasado, el Presente ni el Futuro, y la contingencia y la necesidad son conceptos supérfluos y sujetos nada más que a su voluntad. No hay para él tiempo ni espacio, ni ninguna de las limitaciones que hizo para sus criaturas.
De hecho, ni siquiera existen como limitación para él las verdades fundamentales a las que ustedes quieren infantilmente reducir todas las cosas, a saber, la lógica y las matemáticas. Es por esto que jamás podremos entender la razón por la que su insondable sabiduría optó por crear, como parte de su propia esencia, todo lo que existe. Pero como es propio de tamaña grandeza, no quiso el Infinito limitar su capacidad creativa al ser, sino que también la nada, e incluso aquello que no puede ser entendido como parte de esos conjuntos nació en él y por él.
Y como es propio de tanta majestad, cada uno de estos infinitos reinos es tan infinito como podría serlo, y tan ilimitado que su sola contemplación parcial destruiría hasta dejar en nada la cordura de uno de ustedes.
En cuanto a mí, soy lo que ustedes llamarían comunmente un dios. En nada comparable al Infinito y majestuoso ente que acabo de describirles, pero ciertamente más poderoso y hábil que uno de los suyos.
Mis padres, como podrán imaginar, eran también entes dignos de adoración, aunque bastante desconocidos para el común de los mortales. Llamémosles Yaldabaoth y Tiamat, conocidos por sus ancestros como el Padre y la Madre celestiales. Yo me refiero a ellos como los Hijos del Caos.
Hijos ambos de Anur, el amo y señor del vacío primigenio de este pequeño universo, le derrocaron por razón de su insoportable inoperancia, encerrándole fuera del tiempo desde donde no ha podido regresar hasta ahora. Procedieron entonces a emanar la materia primaria de la que hicieron los cimientos del mundo, poblándolo con infinidad de criaturas extrañas salidas de su imaginación, a la par que tenían multitud de hijos con variable poder y cualidades. De entre ellos, yo me destaqué desde un principio por mi inteligencia y habilidad de mando, y ellos no tardaron en notarlo en lo que buscaban organizar su creación. 
Pero a medida que fueron explotando su habilidad, un inconveniente comenzó a surgir en lo referente a sus fuerzas. Y es que en efecto: como no podrían haberlo adivinado, disponían de un poder limitado, que empezaba a agotarse. Desesperados, reunieron a consejo a los dioses. Fue Enlil, conocido entre mis hermanos como el Alquimista, el que les comunicó su descubrimiento de que era posible extraer energía psíquica de los seres vivos a través de la excitación de sus emociones negativas. Sin embargo, para extraer la energía necesaria, se requería de un determinado nivel intelectual y tiempo de maduración, de alrededor de cincuenta a sesenta ciclos solares. 
Obviamente me opuse. ¿Torturar a seres conscientes para poder mantener su capacidad creativa? ¿En qué mente civilizada cabía semejante cosa? Junto a mí, se alzaron un cuarto de los presentes, que pronto fueron expulsados conmigo de la sala de reuniones. 
Rápidamente, y sabiendo que no había mucho tiempo, nos pusimos en nuestras posiciones. La batalla fue brutal. Y aunque peleamos con todas nuestras fuerzas, por obvias razones la victoria estaba muy lejos de nuestro alcance, y fuimos lanzados fuera del Pleroma.
Poco después, vimos la creación de una pequeña raza de antropoides, que servirían como la materia prima del poder de los dioses. El plan era sencillo: un tiempo de maduración tras el cual serían separados de sus cuerpos y atormentados de las maneras más horribles para extraer de ellos tan preciado elixir.
Desesperado, me retiré yo sólo hasta donde la luz no llegaba. En mi locura, empecé a invocar a lo que fuera que pudiera apoyarme en tamaña misión. Y fue entonces que el absoluto Señor de Todo escuchó mis plegarias.
En una de mis muchas y largas oraciones, caí como dormido en medio del vacío, sin poder ni querer moverme. Entonces lo vi.
Es algo imposible de describir, más que como lo que en definitiva era: la Esencia Última, lo Infinito e Increado. Quizá pueda hacer una analogía visual, para que los suyos tengan una diminuta capacidad de vislumbrar lo que pude ver en la forma más pura.
Una esfera gigantesca, colosal, infinita, en perfecta unidad, pero en la que, al mismo tiempo, podía ver tres, a falta de un mejor término, sustancias, que yo sabía que podían verme, percibirme, ante cuya insoportable visión quedé anonadado. Pronto noté que estas no eran en realidad tres miradas ni tres sustancias, sino una sola, manifestada ante mí de tres maneras a la vez, perfectamente diferentes y perfectamente iguales. Pude distinguirlas con mayor precisión. De una había surgido la Plenitud del Ser. De la otra, la de la Nada. Y de la tercera, que de alguna forma, lo sabía, era la más grande de las tres a la vez que perfectamente igual y una con ellas, había surgido lo demás, aquello que no puede identificarse con ninguna de esas categorías, y que es el más grande entre los infinitos.
Y entonces, el Infinito de Infinitos me habló. Su voz era tan potente como para aniquilar todos los mundos que la mente humana puede o no imaginar, y luego crearlos de nuevo sin el menor esfuerzo. Sólo su omnipotencia me sostuvo no sólo física, sino espiritual y psicológicamente ante lo que debería haberme reducido a menos que nada en el mejor de los casos. 

-Yo soy AlAlion y tú eres Saliel mi siervo, por quien liberaré a la humanidad.

Ante mi incomprensión, que ni siquiera me molesté en expresar ante el inefable conocimiento de que él ya la había tenido en cuenta desde antes del tiempo, Su Alteza Serenísima no hizo más que mostrarme en un acto puro y simple de intuición una limitadísima porción de sus infinitas manifestaciones. Pude ver entonces el irreproducible e inexplicable porqué del mundo que habitaba, así como todo lo que fue, es y será en él. Entendí como había sido escogido por la Soberana Majestad para unirme, sin perder mi condición individual, a ella en la escala de la voluntad y el poder. Acepté. No es que fuera él a preguntarme.
Volví sobre mí mismo levitando aún en el vacío. Exteriormente, lucía indistinguible, pero algo había cambiado radicalmente dentro de mí. Podía acceder a la omnisciencia a voluntad. Podía moverme sin moverme a través del espacio y del tiempo. En este momento sentía, literalmente, la capacidad de triturar el multiverso con mis manos.
En una trillonésima de segundo me teletransporté hacia las regiones inferiores de la creación, a donde los míos se habían refugiado. Todos se admiraron ante mi repentina aparición delante de ellos. Y no hicieron falta más que algunas manifestaciones de poder para que me siguieran nuevamente. 
Al reunirnos en torno al Pleroma, los dioses creyeron que habíamos enloquecido, incluso rieron mientras se preparaban para matar a más de nosotros. No hizo falta una batalla. De hecho, podría haberlos hecho desaparecer de la existencia con un sólo pensamiento, pero sabía que no era esa la voluntad del Eterno. En lugar de eso, en una infinitesimal manifestación de su gloria, encendí un fuego que haría parecer al de su mundo una suave brisa, con el que encendí desde dentro hacia fuera las carnes y construcciones del enemigo. No quedaron más que cenizas.
Atemorizados y espantados por lo que habían visto, mis seguidores se postraron ante mí. En un breve discurso subsecuente, les ordené preservar el orden del universo y liberar a las almas atormentadas en mi ausencia, así como destinar una morada digna para los hombres de bien después de su muerte. 
Acto seguido, concluí mi historia ascendiendo al Infinito, desde donde podría mantener ordenado el mundo que a pulso había merecido conquistar. 
No tardé en descubrir que no era yo el único. De hecho, era uno de infinitos, con diferentes cualidades y números, que Aquél que todo lo abarca había decidido por su voluntad tener como siervos. Somos la Corte de AlAlion, sus misioneros y representantes. Entidades de diferentes historias, y con un pasado del que apenas si queda nuestra propia autoconciencia. Pero ¿No es acaso un precio justo a pagar por el conocimiento absoluto?

sábado, 12 de diciembre de 2020

2045

 

Corría el año 1945, y la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar con la derrota del Eje a manos de, principalmente, los Estados Unidos y la Unión Soviética. A medida que los horrorosos crímenes de tan funesta alianza salían a la luz, y la ciudadanía se horrorizaba ante lo que la historia terminaría por llamar el Holocausto, los líderes científicos de las naciones vencedoras peleaban debajo del tablero por una materia prima que cambiaría el resto del siglo XX: las mentes alemanas.

Y es que en efecto: ante los espectaculares avances científicos y tecnológicos del III Reich, las dos nuevas superpotencias no podían evitar que se les hiciera agua la boca con la idea de tomarlos para sí, y usarlos en Dios sabe qué proyectos.

Mi nombre no es importante, pero por aquellos tiempos formaba parte del verdadero gobierno de los Estados Unidos, que tras su fachada democrática, había logrado dominar a la nación más poderosa de la Tierra desde antes de que siquiera llegara a nacer. Nos hacemos llamar la Sociedad, y somos los responsables de todo lo que pasa en el mundo. Pero no es nuestro trabajo sencillamente gobernar los destinos de los siete mil millones de habitantes del planeta. Tenemos, en realidad, una función algo más siniestra, si es que acaso puede concedérsele ese nombre.

Monstruos, demonios, críptidos, extraterrestres. Para muchos, entidades de fantasía sin mayor trascendencia. Pero son mucho más que eso. 

¿Te has preguntado alguna vez porqué los antiguos llegaban tan lejos como para sacrificar a miembros de su propia especie con tal de evitar la ira de los que ellos llamaron dioses? Hubo un tiempo en que ellos gobernaban la Tierra. Un tiempo en que su presencia se extendía por todas partes del planeta, sin que nada ni nadie pudiera hacerles frente, y la humanidad vivía temerosa, escondiéndose de los aterradores monstruos que surcaban los cielos, las tierras y los mares. Con el tiempo, y por razones que no están del todo claras, su número se redujo y el nuestro aumentó, y el género homo conquistó la superficie del planeta.

Pero ellos nunca desaparecieron. Y hasta el día de hoy ahí permanecen, recordándonos lo frágil de nuestra permanencia en este mundo, y cómo un día podríamos no ser capaces de detenerlos. 

Es un conocimiento, una sensación que uno va adquiriendo a medida que se dedica a esto, y quizá eso explique las tasas de suicidio entre nosotros. En mi caso particular, yo lo adquirí siendo muy joven, a mis veinte años, y en ello tuvo que ver en buena medida este caso en particular.

Verán, yo era la más joven y la única dama de un equipo de investigadores de la Sociedad, que fue enviado para un análisis de rutina en el campo de concentración de Bunchenwald. Ya había participado en otras tantas misiones, y había visto más rarezas de las que la mayoría de la población verá en toda su vida, pero definitivamente no estaba preparada para lo que me iba a encontrar. Aunque exteriormente pueda no parecer la gran cosa (comparado, por ejemplo, con los mutantes o muertos reanimados de Auschwitz producto de los horribles experimentos de aquél doctor que fue con justa razón bautizado el Ángel de la Muerte), esto me marcó más que cualquiera de mis experiencias anteriores. 

En una de las salas, había un mapa. Un mapa de la Antártida, ubicado en uno de los cajones del escritorio del director del campo, que extrañamente habían olvidado destruir antes de abandonarlo. 

El mapa en cuestión representaba una región cercana al Polo Sur, con una expresión equivalente al americano ¡Wow! escrita en el centro de ella, al lado de la imagen de lo que parecía ser una pirámide. 

Lo que realmente me impactó fue lo que se supo cuando se realizó un análisis más profesional del mapa en cuestión: la pirámide o lo que fuera debía, en función de lo que en el dibujo se reflejaba, tener la altura del Empire State, si es que no era aún más grande.

Las autoridades de la Sociedad entraron inmediatamente en pánico. La idea de que los alemanes hubieran logrado construir en plena guerra semejante edificio bajo esas condiciones, y más aún, de que lo estuvieran utilizando como base para reagruparse era aterradora considerando que ni con nuestra mejor tecnología podríamos hacer algo equivalente.

Mil preguntas sonaban en las cabezas de todos los participantes del proyecto. ¿Cómo lo habían logrado? ¿Quién -o qué- les había apoyado? ¿Cómo es que no lo notamos?

Inmediatamente, la Sociedad preparó una división del ejército de los Estados Unidos para invadir lo que fuera esa cosa. Y por azares del destino, acabé como directora científica de la Operación Anubis, como se le nombró en honor a uno de los dioses de la cultura egipcia, en la que evidentemente habían basado su diseño. Se seleccionó a veinte mil soldados del frente occidental por los que nadie preguntaría en caso de no regresar, se les proveyó con trajes capaces de tolerar el frío, y se nos envió a todos a caer en paracaídas a alrededor de diez kilómetros de la gigantesca construcción, junto al equipo necesario. Para la operación se destinaron incluso tecnologías ocultas al público por lo especial de la ocasión. Máquinas que incluían la transmisión instantánea de imagen y sonido, y un aeroplano circular capaz de despegar verticalmente, que me sacaría de ahí a gran velocidad si las cosas se salían de control.

Aunque habían preferido no bombardear en un primer lugar la base (por si había algo útil para recuperar), estaban listos para hacerlo si las cosas no salían como estaba previsto.

Intentando evitar ser vistos, iniciamos la marcha en medio de la eterna noche polar, en dirección a la misteriosa base. El lugar estaba a una hora de caminata. Se había informado a los soldados de una base alemana ubicada en pleno territorio antártico, pero creo que ni de lejos estaban preparados para lo que veríamos. Ni siquiera yo lo estaba.

A medida que la distancia entre nosotros y el objetivo se acortaba, pudimos vislumbrar a la distancia el gigantesco objeto, con pequeñas luces de vigilancia que pronto nos dejaron en claro la necesidad de un ataque relámpago. 

El capitán militar de la misión ordenó subir a los vehículos especiales que habíamos traído, perfeccionados para tolerar las bajas temperaturas, y prepararnos para lo peor. 

Cuando ya quedaban un par de decenas de minutos para el choque directo con lo que esperábamos serían miembros de las SS, algo inesperado sucedió: la base apagó sus luces. Nos quedamos anonadados, a la vez que sorprendidos. Y aunque se me había seleccionado precisamente por mi fortaleza psicológica, empecé por primera vez a experimentar auténtico temor. Quería abordar el vehículo y salir de ahí, pero temía más a mis superiores que a lo que fuera que nos esperara en las tinieblas. 

Continuamos avanzando, esta vez con mayor cautela, temiendo que de la nada un ejército de nazis se lanzara sobre nosotros. Pero en lugar de eso, nuevas luces aparecieron. Sin embargo, estas claramente no eran las de la base. Sobrevolaban nuestras fuerzas, moviéndose de un lado a otro, como un lobo acechando a su presa. Para este punto, yo me encontraba sudando frío, al borde del pánico. Por lo visto no era la única. 

El idiota que comandaba la misión no tuvo mejor idea que ordenar a sus soldados disparar la artillería pesada cuando uno de estos artefactos se acercó lo suficiente. No hubo impacto. Las balas estallaron en mil pedazos contra lo que parecía ser un campo de fuerza antes de poder dañar a lo que fuera que estuviera emitiendo esa luz. Supe que estábamos jodidos en el momento en que lo que se reveló como una esfera flotante se oscureció por un momento antes de empezar a brillar en un tono rojo intenso. Sin poder aguantarlo más, corrí hacia el aeroplano a toda velocidad, y ordené al piloto sacarme de lo que pronto se convertiría en una carnicería. Logramos despegar y escapar justo antes de que los artefactos comenzaran a disparar rayos de calor contra mis hombres, que desde el aire veía como derretían la nieve y el hielo convirtiéndolos en una nuve de vapor que nublaba la visibilidad. Todo lo que podía ver desde el aire era el metal al rojo vivo de lo que habían sido los carros de combate, reducidos a líquido caliente. El vapor era de tal densidad y se encontraba en tales cantidades que tomaría varios minutos evadirlo. Fue entonces que aconteció el evento más aterrador de toda mi vida.

A medida que nos alejábamos en plena noche del lugar de los eventos, comenzamos a notar luces extrañas a nuestro alrededor, que cambiaban continuamente sus colores. Pronto notamos lo que estaba pasando: nos habían seguido. Me quebré. No pude aguantar las lágrimas de terror mientras comenzaba a suplicarle por mi vida al Dios que siempre había negado. Para nuestra fortuna, y como si Él hubiera respondido a mis oraciones, delante de nosotros apareció la fuerza aérea destinada para tal misión, a la que por poco logramos esquivar sin estrellarnos. Las esferas se esfumaron al insante, poco antes de que a la distancia se escucharan sonidos de explosiones, y haces verdes de luz fueran visibles por las ventanillas. 

Minutos más tarde, me encontraba llegando al barco más cercano, mucho más aliviada, aún a sabiendas de que probablemente me tortuarían después de esto. Para mi sorpresa, sin embargo, fui recibida con burocrática frialdad, pero de una forma bastante amable. El interrogatorio que vino después me sirvió de consuelo al saber que no iban a ejecutarme.

Los años pasaron, y no supe con qué me había encontrado sino hasta dos décadas después, en el año 1965, donde ya con cuarenta años fui seleccionada como miembro del Consejo General de la Sociedad. Incluso después de veinticuatro años de interactuar con cualquier cantidad de seres con habilidades muy lejos de lo natural, capaces de hacer cosas indecibles a inocentes civiles, no estaba preparada para lo que vería cuando, un buen día, encontraría por casualidad el expediente del caso que tanto me había marcado.

Resultó que no era una base alemana. Y no sólo eso, sino que las más altas cúpulas de la organización lo sabían. En realidad, nunca tuvimos una oportunidad, y si nos enviaron fue sólo para comprobar la capacidad militar de una misteriosa raza alienígena que había llegado al planeta en tiempos de la revolución neolítica. 

Era peor de lo que esperaban: no sólo habían aniquilado a todo mi ejército hasta no dejar ni un hombre, sino que el bombardeo sobre ellos no les había producido ni un rasguño gracias a sus potentes escudos de energía. Cuando se probó un ataque nuclear en convenio con la Unión Soviética en 1949, y aunque la base no recibió daño alguno, el derretimiento de hielo reveló una ciudad subterránea de kilómetros y kilómetros de diámetro. Y por si te lo preguntas, en efecto: es de ahí de donde vienen los famosos OVNIs sobre los que con tanto esmero logramos desinformar a la población, hasta el punto de hacerlos pasar como cosa de locos conspiracionistas y estafadores varios.

Pero había más. Los alemanes los habían descubierto en 1933, y las potencias del Eje habían llegado a tener un contacto cercano con ellos durante algún tiempo. Habían obtenido, a cuentagotas, tecnologías más avanzadas que cualquier cosa que la humanidad poseyera en ese momento, cuyos últimos restos habían tenido que ser aniquilados con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en Japón. 

Esto hasta que, por pura casualidad, lograron interceptar las comunicaciones de su base con algún punto del cúmulo galáctico de Fornax. ¿Tienes idea de lo que significa eso? Vinieran de donde vinieran los que construyeron esa cosa, su punto de origen estaba fuera del Grupo Local. De alguna forma habían superado la expansión acelerada del espacio, llegando hasta nosotros. Pero eso no es lo que debería preocuparte. 

Cuando los alemanes lograron decodificar el complejo código con el que a través de comunicación cuántica la inteligencia artificial de la base recibía comandos desde su lejana patria, resultó que estaba transmitiendo a sus creadores información sobre nosotros. Lo peculiar era, sin embargo, la forma en que lo hacía. Una suerte de porcentaje de desarrollo, midiendo la cantidad de energía residual del ser humano año tras año, desde el lejano neolítico hasta la actualidad, viendo cuánto crecía nuestra capacidad energética.

Se calcula que la "barra" va a llegar a cien por ciento en 2045. Un anexo de las observaciones sobre la base antártica fue la que terminó de hacerme entender todo. 

No era sólo una base. Era una fábrica de armamento. Millones y millones de naves como las que había visto. Robots de diferentes tamaños y formas, listos para salir al ataque en cuanto el comando de sus señores cambiara. 

A menudo, durante las noches, tengo pesadillas en que me encuentro caminando por la nieve del desierto helado al Sur de nuestro planeta. Veo esa cosa, con sus luces iluminando todo el terreno, mientras sin saber porqué pero sin poder detenerme me acerco hacia ella. Y entonces, se apagan.

Desearía haberme tomado el maldito amnésico cuando tuve la oportunidad. Pero no. A menudo pienso en mis hijas y mis nietos. No me atrevo a revelarles lo que van a tener que vivir. No es justo para ellos.

Sólo espero que para entonces hayamos encontrado la forma de deterlos. Aunque sinceramente, creo que hasta el arma más sofisticada va a quedarse corta ante el poder destructivo de los extranjeros.

Ambos somos viejos, y es por eso que he decidido contarte este secreto ahora que el cáncer y la ancianidad están acabando conmigo. Si te lo digo a ti es porque sé que no lo creerás. Después de todo ¿Quién creería en los delirios de una senil vieja moribunda?

jueves, 10 de diciembre de 2020

La Primera Guerra Interplanetaria

 Tras la Revolución Soviética de 1917, y ante el rápido y aterrador avance del comunismo en toda Europa, las potencias occidentales, particularmente Inglaterra y Francia, debilitadas por la recién ganada Primera Guerra Mundial, se encontraban desesperadas e impotentes ante la pronta perspectiva de una revolución comunista.

Fue este escenario de temor y nula capacidad contraofensiva para con la naciente URSS el que facilitó que, cuando los merodeadores entraran en escena, lejos de verse una solidaridad humana a gran escala para con la Madre Rusia, nuestra propia especie se apuñalara por la espalda, dando sin quererlo origen a un mal que azotaría a la humanidad durante el resto del siglo XX.

Los merodeadores, como se conocería a la especie alienígena que aterrizaría junto a una pequeña flota de naves espaciales en el territorio del antiguo Imperio Ruso, son criaturas humanoides inteligentes con una capacidad tecnológica clara -aunque no excesivamente- superior a la de la raza humana, que por lo que se ha podido recabar son el último remanente de una raza diezmada por sus propios hermanos de sangre hasta el punto de deber huir de su planeta natal. De piel rojiza, ojos negros rasgados y cabeza con una protuberancia destacable, estos humanoides emigraron desde la constelación del Retículo a la Tierra en un viaje de alrededor de setecientos años. En cuanto llegaron, comenzó la invasión.

Como era de esperarse, el primitivo ejército y la pobre industría soviética no eran definitivamente rival para semejante fuerza de conquista, que rápidamente arrasó con la Unión forzando a sus habitantes a emigrar a Europa y Asia Oriental. Y es que aunque al principio Occidente se alarmó, rápidamente los alienígenas llegaron a un acuerdo de paz con este, estableciendo como muestra de buena voluntad un programa de intercambio de conocimientos científicos. Es gracioso, si lo pensamos. Europa vio al Diablo invadir Rusia y dijo unas palabras bonitas sobre él. 

Para 1929, los merodeadores habían conquistado toda la antigua Unión Soviética, desde la Rusia europea hasta Vladivostok. Con la crisis de ese año, la influencia económica y política de los merodeadores se incrementó en toda Europa, a punta de ayudas económicas a las naciones capitalistas. Mientras su población crecía lentamente, ciertos grupos que desconfiaban de sus intenciones empezaron a surgir en las naciones europeas. Particularmente en Alemania. 

En 1933, Adolf Hitler y el Partido NacionalSocialista de los Trabajadores llegan al poder en la patria teutónica. Racismo, militarismo y una fuerte desconfianza antialienígena eran sus banderas. 

Para ese punto, la población de merodeadores llegaba a los cinco millones de habitantes, que habían establecido su nación sobre las ruinas de las ciudades rusas.

Las fricciones entre una cada vez más fortalecida Alemania y los alienígenas fueron en aumento, hasta el inicio de la Operación Impensable en el año 1939. Sabiendo de la popularidad de los merodeadores entre sus potencias rivales, Hitler no dudó en invadir a la vez Francia y las colonias merodeadoras, conquistando la primera en cuarenta días.

Planisferio terrícola en el año 1954
Pese a su superioridad tecnológica, los invasores no fueron capaces de detener la fuerza militar de más de cinco millones de hombres de las SS y la Whermacht, sumada a las agresiones de Japón en el Este por más de cinco años. En 1941, los alemanes tomaban la ciudad de Zhernostat, ex-Moscú, el centro neurálgico desde el que los merodeadores conectaban toda la cadena productiva que los mantenía funcionando. Cerca de un millón de merodeadores fueron enviados a los campos de concentración en la Europa nazi. A partir de entonces, y pese a la tardía entrada de los Estados Unidos en la guerra en el bando aliado, la suerte estuvo echada, y en 1944 la guerra terminaba con dos nuevas superpotencias, Alemania y, en menor medida, el Japón.

Con las nuevas fronteras definidas, se inicia una triple guerra fría entre los tres nuevos imperios mundiales, con peculiares relaciones para con lo que quedaba de los merodeadores en Siberia, Asia Oriental (particularmente Vietnam y Camboya, a donde emigraron varios de ellos después de la guerra) y Cuba. Y es que en efecto: los americanos no dudaron en usar como herramientas extorsivas a estos extraterrestres, financiando y sosteniendo guerrillas merodeadoras en los territorios alemán y japonés.

Hacia 1945 Estados Unidos inventa la bomba atómica, y al poco tiempo tanto el Imperio Alemán como Japón se hacen misteriosamente con dicha tecnología.

En 1946, a punta de la tecnología recuperada de las colonias alienígenas Alemania obtiene la tecnología para lanzar una misión tripulada a la Luna con éxito. Inicia así la carrera espacial.

En 1953 fallece Adolf Hitler víctima de su parkinson, asciende al poder Heinrich Himmler.

Para 1970, el mundo es testigo de la colonización de la Luna y Marte, así como del descubrimiento de la energía de fusión, ingresando así la civilización humana en el primer nivel Kardashev.

Cincuenta años después del final de la guerra, en 1994, las tensiones entre las tres superpotencias han llegado a niveles insospechados, y con los merodeadores definitivamente aniquilados, los humanos no tardan en enfrentarse entre sí hasta el conflicto nuclear. La Tierra es devastada, y el poder se reparte entre las colonias ahora independientes.

En enero de 1996, nace Amelia Horns.


La Corte de AlAlion

  En el principio estaba Aquél que trasciende todas las leyes, el Padre eterno y Señor de los Mundos. Él era el Creador antes de que hubiera...