jueves, 17 de diciembre de 2020

La Corte de AlAlion


 


En el principio estaba Aquél que trasciende todas las leyes, el Padre eterno y Señor de los Mundos. Él era el Creador antes de que hubiera creación alguna. Era el Soberano antes de que hubieran súbditos. Era el Omnisciente antes de que hubiera nada para ser conocido.

Por supuesto, todas estas descripciones del pasado son puramente alegóricas, puesto que no existen en él el Pasado, el Presente ni el Futuro, y la contingencia y la necesidad son conceptos supérfluos y sujetos nada más que a su voluntad. No hay para él tiempo ni espacio, ni ninguna de las limitaciones que hizo para sus criaturas.
De hecho, ni siquiera existen como limitación para él las verdades fundamentales a las que ustedes quieren infantilmente reducir todas las cosas, a saber, la lógica y las matemáticas. Es por esto que jamás podremos entender la razón por la que su insondable sabiduría optó por crear, como parte de su propia esencia, todo lo que existe. Pero como es propio de tamaña grandeza, no quiso el Infinito limitar su capacidad creativa al ser, sino que también la nada, e incluso aquello que no puede ser entendido como parte de esos conjuntos nació en él y por él.
Y como es propio de tanta majestad, cada uno de estos infinitos reinos es tan infinito como podría serlo, y tan ilimitado que su sola contemplación parcial destruiría hasta dejar en nada la cordura de uno de ustedes.
En cuanto a mí, soy lo que ustedes llamarían comunmente un dios. En nada comparable al Infinito y majestuoso ente que acabo de describirles, pero ciertamente más poderoso y hábil que uno de los suyos.
Mis padres, como podrán imaginar, eran también entes dignos de adoración, aunque bastante desconocidos para el común de los mortales. Llamémosles Yaldabaoth y Tiamat, conocidos por sus ancestros como el Padre y la Madre celestiales. Yo me refiero a ellos como los Hijos del Caos.
Hijos ambos de Anur, el amo y señor del vacío primigenio de este pequeño universo, le derrocaron por razón de su insoportable inoperancia, encerrándole fuera del tiempo desde donde no ha podido regresar hasta ahora. Procedieron entonces a emanar la materia primaria de la que hicieron los cimientos del mundo, poblándolo con infinidad de criaturas extrañas salidas de su imaginación, a la par que tenían multitud de hijos con variable poder y cualidades. De entre ellos, yo me destaqué desde un principio por mi inteligencia y habilidad de mando, y ellos no tardaron en notarlo en lo que buscaban organizar su creación. 
Pero a medida que fueron explotando su habilidad, un inconveniente comenzó a surgir en lo referente a sus fuerzas. Y es que en efecto: como no podrían haberlo adivinado, disponían de un poder limitado, que empezaba a agotarse. Desesperados, reunieron a consejo a los dioses. Fue Enlil, conocido entre mis hermanos como el Alquimista, el que les comunicó su descubrimiento de que era posible extraer energía psíquica de los seres vivos a través de la excitación de sus emociones negativas. Sin embargo, para extraer la energía necesaria, se requería de un determinado nivel intelectual y tiempo de maduración, de alrededor de cincuenta a sesenta ciclos solares. 
Obviamente me opuse. ¿Torturar a seres conscientes para poder mantener su capacidad creativa? ¿En qué mente civilizada cabía semejante cosa? Junto a mí, se alzaron un cuarto de los presentes, que pronto fueron expulsados conmigo de la sala de reuniones. 
Rápidamente, y sabiendo que no había mucho tiempo, nos pusimos en nuestras posiciones. La batalla fue brutal. Y aunque peleamos con todas nuestras fuerzas, por obvias razones la victoria estaba muy lejos de nuestro alcance, y fuimos lanzados fuera del Pleroma.
Poco después, vimos la creación de una pequeña raza de antropoides, que servirían como la materia prima del poder de los dioses. El plan era sencillo: un tiempo de maduración tras el cual serían separados de sus cuerpos y atormentados de las maneras más horribles para extraer de ellos tan preciado elixir.
Desesperado, me retiré yo sólo hasta donde la luz no llegaba. En mi locura, empecé a invocar a lo que fuera que pudiera apoyarme en tamaña misión. Y fue entonces que el absoluto Señor de Todo escuchó mis plegarias.
En una de mis muchas y largas oraciones, caí como dormido en medio del vacío, sin poder ni querer moverme. Entonces lo vi.
Es algo imposible de describir, más que como lo que en definitiva era: la Esencia Última, lo Infinito e Increado. Quizá pueda hacer una analogía visual, para que los suyos tengan una diminuta capacidad de vislumbrar lo que pude ver en la forma más pura.
Una esfera gigantesca, colosal, infinita, en perfecta unidad, pero en la que, al mismo tiempo, podía ver tres, a falta de un mejor término, sustancias, que yo sabía que podían verme, percibirme, ante cuya insoportable visión quedé anonadado. Pronto noté que estas no eran en realidad tres miradas ni tres sustancias, sino una sola, manifestada ante mí de tres maneras a la vez, perfectamente diferentes y perfectamente iguales. Pude distinguirlas con mayor precisión. De una había surgido la Plenitud del Ser. De la otra, la de la Nada. Y de la tercera, que de alguna forma, lo sabía, era la más grande de las tres a la vez que perfectamente igual y una con ellas, había surgido lo demás, aquello que no puede identificarse con ninguna de esas categorías, y que es el más grande entre los infinitos.
Y entonces, el Infinito de Infinitos me habló. Su voz era tan potente como para aniquilar todos los mundos que la mente humana puede o no imaginar, y luego crearlos de nuevo sin el menor esfuerzo. Sólo su omnipotencia me sostuvo no sólo física, sino espiritual y psicológicamente ante lo que debería haberme reducido a menos que nada en el mejor de los casos. 

-Yo soy AlAlion y tú eres Saliel mi siervo, por quien liberaré a la humanidad.

Ante mi incomprensión, que ni siquiera me molesté en expresar ante el inefable conocimiento de que él ya la había tenido en cuenta desde antes del tiempo, Su Alteza Serenísima no hizo más que mostrarme en un acto puro y simple de intuición una limitadísima porción de sus infinitas manifestaciones. Pude ver entonces el irreproducible e inexplicable porqué del mundo que habitaba, así como todo lo que fue, es y será en él. Entendí como había sido escogido por la Soberana Majestad para unirme, sin perder mi condición individual, a ella en la escala de la voluntad y el poder. Acepté. No es que fuera él a preguntarme.
Volví sobre mí mismo levitando aún en el vacío. Exteriormente, lucía indistinguible, pero algo había cambiado radicalmente dentro de mí. Podía acceder a la omnisciencia a voluntad. Podía moverme sin moverme a través del espacio y del tiempo. En este momento sentía, literalmente, la capacidad de triturar el multiverso con mis manos.
En una trillonésima de segundo me teletransporté hacia las regiones inferiores de la creación, a donde los míos se habían refugiado. Todos se admiraron ante mi repentina aparición delante de ellos. Y no hicieron falta más que algunas manifestaciones de poder para que me siguieran nuevamente. 
Al reunirnos en torno al Pleroma, los dioses creyeron que habíamos enloquecido, incluso rieron mientras se preparaban para matar a más de nosotros. No hizo falta una batalla. De hecho, podría haberlos hecho desaparecer de la existencia con un sólo pensamiento, pero sabía que no era esa la voluntad del Eterno. En lugar de eso, en una infinitesimal manifestación de su gloria, encendí un fuego que haría parecer al de su mundo una suave brisa, con el que encendí desde dentro hacia fuera las carnes y construcciones del enemigo. No quedaron más que cenizas.
Atemorizados y espantados por lo que habían visto, mis seguidores se postraron ante mí. En un breve discurso subsecuente, les ordené preservar el orden del universo y liberar a las almas atormentadas en mi ausencia, así como destinar una morada digna para los hombres de bien después de su muerte. 
Acto seguido, concluí mi historia ascendiendo al Infinito, desde donde podría mantener ordenado el mundo que a pulso había merecido conquistar. 
No tardé en descubrir que no era yo el único. De hecho, era uno de infinitos, con diferentes cualidades y números, que Aquél que todo lo abarca había decidido por su voluntad tener como siervos. Somos la Corte de AlAlion, sus misioneros y representantes. Entidades de diferentes historias, y con un pasado del que apenas si queda nuestra propia autoconciencia. Pero ¿No es acaso un precio justo a pagar por el conocimiento absoluto?

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