sábado, 12 de diciembre de 2020

2045

 

Corría el año 1945, y la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar con la derrota del Eje a manos de, principalmente, los Estados Unidos y la Unión Soviética. A medida que los horrorosos crímenes de tan funesta alianza salían a la luz, y la ciudadanía se horrorizaba ante lo que la historia terminaría por llamar el Holocausto, los líderes científicos de las naciones vencedoras peleaban debajo del tablero por una materia prima que cambiaría el resto del siglo XX: las mentes alemanas.

Y es que en efecto: ante los espectaculares avances científicos y tecnológicos del III Reich, las dos nuevas superpotencias no podían evitar que se les hiciera agua la boca con la idea de tomarlos para sí, y usarlos en Dios sabe qué proyectos.

Mi nombre no es importante, pero por aquellos tiempos formaba parte del verdadero gobierno de los Estados Unidos, que tras su fachada democrática, había logrado dominar a la nación más poderosa de la Tierra desde antes de que siquiera llegara a nacer. Nos hacemos llamar la Sociedad, y somos los responsables de todo lo que pasa en el mundo. Pero no es nuestro trabajo sencillamente gobernar los destinos de los siete mil millones de habitantes del planeta. Tenemos, en realidad, una función algo más siniestra, si es que acaso puede concedérsele ese nombre.

Monstruos, demonios, críptidos, extraterrestres. Para muchos, entidades de fantasía sin mayor trascendencia. Pero son mucho más que eso. 

¿Te has preguntado alguna vez porqué los antiguos llegaban tan lejos como para sacrificar a miembros de su propia especie con tal de evitar la ira de los que ellos llamaron dioses? Hubo un tiempo en que ellos gobernaban la Tierra. Un tiempo en que su presencia se extendía por todas partes del planeta, sin que nada ni nadie pudiera hacerles frente, y la humanidad vivía temerosa, escondiéndose de los aterradores monstruos que surcaban los cielos, las tierras y los mares. Con el tiempo, y por razones que no están del todo claras, su número se redujo y el nuestro aumentó, y el género homo conquistó la superficie del planeta.

Pero ellos nunca desaparecieron. Y hasta el día de hoy ahí permanecen, recordándonos lo frágil de nuestra permanencia en este mundo, y cómo un día podríamos no ser capaces de detenerlos. 

Es un conocimiento, una sensación que uno va adquiriendo a medida que se dedica a esto, y quizá eso explique las tasas de suicidio entre nosotros. En mi caso particular, yo lo adquirí siendo muy joven, a mis veinte años, y en ello tuvo que ver en buena medida este caso en particular.

Verán, yo era la más joven y la única dama de un equipo de investigadores de la Sociedad, que fue enviado para un análisis de rutina en el campo de concentración de Bunchenwald. Ya había participado en otras tantas misiones, y había visto más rarezas de las que la mayoría de la población verá en toda su vida, pero definitivamente no estaba preparada para lo que me iba a encontrar. Aunque exteriormente pueda no parecer la gran cosa (comparado, por ejemplo, con los mutantes o muertos reanimados de Auschwitz producto de los horribles experimentos de aquél doctor que fue con justa razón bautizado el Ángel de la Muerte), esto me marcó más que cualquiera de mis experiencias anteriores. 

En una de las salas, había un mapa. Un mapa de la Antártida, ubicado en uno de los cajones del escritorio del director del campo, que extrañamente habían olvidado destruir antes de abandonarlo. 

El mapa en cuestión representaba una región cercana al Polo Sur, con una expresión equivalente al americano ¡Wow! escrita en el centro de ella, al lado de la imagen de lo que parecía ser una pirámide. 

Lo que realmente me impactó fue lo que se supo cuando se realizó un análisis más profesional del mapa en cuestión: la pirámide o lo que fuera debía, en función de lo que en el dibujo se reflejaba, tener la altura del Empire State, si es que no era aún más grande.

Las autoridades de la Sociedad entraron inmediatamente en pánico. La idea de que los alemanes hubieran logrado construir en plena guerra semejante edificio bajo esas condiciones, y más aún, de que lo estuvieran utilizando como base para reagruparse era aterradora considerando que ni con nuestra mejor tecnología podríamos hacer algo equivalente.

Mil preguntas sonaban en las cabezas de todos los participantes del proyecto. ¿Cómo lo habían logrado? ¿Quién -o qué- les había apoyado? ¿Cómo es que no lo notamos?

Inmediatamente, la Sociedad preparó una división del ejército de los Estados Unidos para invadir lo que fuera esa cosa. Y por azares del destino, acabé como directora científica de la Operación Anubis, como se le nombró en honor a uno de los dioses de la cultura egipcia, en la que evidentemente habían basado su diseño. Se seleccionó a veinte mil soldados del frente occidental por los que nadie preguntaría en caso de no regresar, se les proveyó con trajes capaces de tolerar el frío, y se nos envió a todos a caer en paracaídas a alrededor de diez kilómetros de la gigantesca construcción, junto al equipo necesario. Para la operación se destinaron incluso tecnologías ocultas al público por lo especial de la ocasión. Máquinas que incluían la transmisión instantánea de imagen y sonido, y un aeroplano circular capaz de despegar verticalmente, que me sacaría de ahí a gran velocidad si las cosas se salían de control.

Aunque habían preferido no bombardear en un primer lugar la base (por si había algo útil para recuperar), estaban listos para hacerlo si las cosas no salían como estaba previsto.

Intentando evitar ser vistos, iniciamos la marcha en medio de la eterna noche polar, en dirección a la misteriosa base. El lugar estaba a una hora de caminata. Se había informado a los soldados de una base alemana ubicada en pleno territorio antártico, pero creo que ni de lejos estaban preparados para lo que veríamos. Ni siquiera yo lo estaba.

A medida que la distancia entre nosotros y el objetivo se acortaba, pudimos vislumbrar a la distancia el gigantesco objeto, con pequeñas luces de vigilancia que pronto nos dejaron en claro la necesidad de un ataque relámpago. 

El capitán militar de la misión ordenó subir a los vehículos especiales que habíamos traído, perfeccionados para tolerar las bajas temperaturas, y prepararnos para lo peor. 

Cuando ya quedaban un par de decenas de minutos para el choque directo con lo que esperábamos serían miembros de las SS, algo inesperado sucedió: la base apagó sus luces. Nos quedamos anonadados, a la vez que sorprendidos. Y aunque se me había seleccionado precisamente por mi fortaleza psicológica, empecé por primera vez a experimentar auténtico temor. Quería abordar el vehículo y salir de ahí, pero temía más a mis superiores que a lo que fuera que nos esperara en las tinieblas. 

Continuamos avanzando, esta vez con mayor cautela, temiendo que de la nada un ejército de nazis se lanzara sobre nosotros. Pero en lugar de eso, nuevas luces aparecieron. Sin embargo, estas claramente no eran las de la base. Sobrevolaban nuestras fuerzas, moviéndose de un lado a otro, como un lobo acechando a su presa. Para este punto, yo me encontraba sudando frío, al borde del pánico. Por lo visto no era la única. 

El idiota que comandaba la misión no tuvo mejor idea que ordenar a sus soldados disparar la artillería pesada cuando uno de estos artefactos se acercó lo suficiente. No hubo impacto. Las balas estallaron en mil pedazos contra lo que parecía ser un campo de fuerza antes de poder dañar a lo que fuera que estuviera emitiendo esa luz. Supe que estábamos jodidos en el momento en que lo que se reveló como una esfera flotante se oscureció por un momento antes de empezar a brillar en un tono rojo intenso. Sin poder aguantarlo más, corrí hacia el aeroplano a toda velocidad, y ordené al piloto sacarme de lo que pronto se convertiría en una carnicería. Logramos despegar y escapar justo antes de que los artefactos comenzaran a disparar rayos de calor contra mis hombres, que desde el aire veía como derretían la nieve y el hielo convirtiéndolos en una nuve de vapor que nublaba la visibilidad. Todo lo que podía ver desde el aire era el metal al rojo vivo de lo que habían sido los carros de combate, reducidos a líquido caliente. El vapor era de tal densidad y se encontraba en tales cantidades que tomaría varios minutos evadirlo. Fue entonces que aconteció el evento más aterrador de toda mi vida.

A medida que nos alejábamos en plena noche del lugar de los eventos, comenzamos a notar luces extrañas a nuestro alrededor, que cambiaban continuamente sus colores. Pronto notamos lo que estaba pasando: nos habían seguido. Me quebré. No pude aguantar las lágrimas de terror mientras comenzaba a suplicarle por mi vida al Dios que siempre había negado. Para nuestra fortuna, y como si Él hubiera respondido a mis oraciones, delante de nosotros apareció la fuerza aérea destinada para tal misión, a la que por poco logramos esquivar sin estrellarnos. Las esferas se esfumaron al insante, poco antes de que a la distancia se escucharan sonidos de explosiones, y haces verdes de luz fueran visibles por las ventanillas. 

Minutos más tarde, me encontraba llegando al barco más cercano, mucho más aliviada, aún a sabiendas de que probablemente me tortuarían después de esto. Para mi sorpresa, sin embargo, fui recibida con burocrática frialdad, pero de una forma bastante amable. El interrogatorio que vino después me sirvió de consuelo al saber que no iban a ejecutarme.

Los años pasaron, y no supe con qué me había encontrado sino hasta dos décadas después, en el año 1965, donde ya con cuarenta años fui seleccionada como miembro del Consejo General de la Sociedad. Incluso después de veinticuatro años de interactuar con cualquier cantidad de seres con habilidades muy lejos de lo natural, capaces de hacer cosas indecibles a inocentes civiles, no estaba preparada para lo que vería cuando, un buen día, encontraría por casualidad el expediente del caso que tanto me había marcado.

Resultó que no era una base alemana. Y no sólo eso, sino que las más altas cúpulas de la organización lo sabían. En realidad, nunca tuvimos una oportunidad, y si nos enviaron fue sólo para comprobar la capacidad militar de una misteriosa raza alienígena que había llegado al planeta en tiempos de la revolución neolítica. 

Era peor de lo que esperaban: no sólo habían aniquilado a todo mi ejército hasta no dejar ni un hombre, sino que el bombardeo sobre ellos no les había producido ni un rasguño gracias a sus potentes escudos de energía. Cuando se probó un ataque nuclear en convenio con la Unión Soviética en 1949, y aunque la base no recibió daño alguno, el derretimiento de hielo reveló una ciudad subterránea de kilómetros y kilómetros de diámetro. Y por si te lo preguntas, en efecto: es de ahí de donde vienen los famosos OVNIs sobre los que con tanto esmero logramos desinformar a la población, hasta el punto de hacerlos pasar como cosa de locos conspiracionistas y estafadores varios.

Pero había más. Los alemanes los habían descubierto en 1933, y las potencias del Eje habían llegado a tener un contacto cercano con ellos durante algún tiempo. Habían obtenido, a cuentagotas, tecnologías más avanzadas que cualquier cosa que la humanidad poseyera en ese momento, cuyos últimos restos habían tenido que ser aniquilados con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en Japón. 

Esto hasta que, por pura casualidad, lograron interceptar las comunicaciones de su base con algún punto del cúmulo galáctico de Fornax. ¿Tienes idea de lo que significa eso? Vinieran de donde vinieran los que construyeron esa cosa, su punto de origen estaba fuera del Grupo Local. De alguna forma habían superado la expansión acelerada del espacio, llegando hasta nosotros. Pero eso no es lo que debería preocuparte. 

Cuando los alemanes lograron decodificar el complejo código con el que a través de comunicación cuántica la inteligencia artificial de la base recibía comandos desde su lejana patria, resultó que estaba transmitiendo a sus creadores información sobre nosotros. Lo peculiar era, sin embargo, la forma en que lo hacía. Una suerte de porcentaje de desarrollo, midiendo la cantidad de energía residual del ser humano año tras año, desde el lejano neolítico hasta la actualidad, viendo cuánto crecía nuestra capacidad energética.

Se calcula que la "barra" va a llegar a cien por ciento en 2045. Un anexo de las observaciones sobre la base antártica fue la que terminó de hacerme entender todo. 

No era sólo una base. Era una fábrica de armamento. Millones y millones de naves como las que había visto. Robots de diferentes tamaños y formas, listos para salir al ataque en cuanto el comando de sus señores cambiara. 

A menudo, durante las noches, tengo pesadillas en que me encuentro caminando por la nieve del desierto helado al Sur de nuestro planeta. Veo esa cosa, con sus luces iluminando todo el terreno, mientras sin saber porqué pero sin poder detenerme me acerco hacia ella. Y entonces, se apagan.

Desearía haberme tomado el maldito amnésico cuando tuve la oportunidad. Pero no. A menudo pienso en mis hijas y mis nietos. No me atrevo a revelarles lo que van a tener que vivir. No es justo para ellos.

Sólo espero que para entonces hayamos encontrado la forma de deterlos. Aunque sinceramente, creo que hasta el arma más sofisticada va a quedarse corta ante el poder destructivo de los extranjeros.

Ambos somos viejos, y es por eso que he decidido contarte este secreto ahora que el cáncer y la ancianidad están acabando conmigo. Si te lo digo a ti es porque sé que no lo creerás. Después de todo ¿Quién creería en los delirios de una senil vieja moribunda?

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